La ardilla tuna

La ardilla Tuna

 

             No sé si sabrás, JULIA, por qué las ardillas tienen la cola tan grande y la cabecita tan pequeña. Tal vez pienses que no podía ser de otra manera, que las ardillas son así precisamente porque son ardillas. No, no. Verás: todas las cosas tienen un motivo y esto de las ardillas, también.

Hace miles, millones de años, tantos que todavía nadie sabía lo que era un año, los animales caminaban por la tierra confusos, despistados: no sabían dónde podían vivir, qué podían comer… Madre Natura les había dicho que eran ellos los que tenían que averiguarlo, probar esto y aquello, hacer sus casas por aquí y por allá, de esta forma y de la otra… hasta que encontraran lo que más les convenía. Madre Natura, que era muy sabia y lo sabía todo, todo, les dijo que esa era la única manera de que cada uno encontrara la forma más adecuada de vivir, de comer,…

Al principio todos pensaban que ¡vaya rollo!, que Natura ya podría haberles enseñado todas esas cosas y haberles ordenado cumplir con ellas. Poco a poco se fueron dando cuenta de que no, de que era mejor encontrar cada uno su forma de comportarse, de buscarse la vida, de disfrutar comodidades…

Lo peor de todo era que Madre Natura se había empeñado en que cada animal se buscara, incluso, una forma para su propio cuerpo. Y esto sí que era un lío, la verdad. Natura les explicó que ese era el momento de ir dotando al cuerpo de cada uno de las propiedades que le convenían. Y les ponía ejemplos para aclarar la situación:

- Vamos a ver: por ejemplo, tú, foca, si por fin decides que te vas a quedar a vivir en el aire, tendrás que pensar en que tu cuerpo tenga unas buenas alas que le permitan volar y cazar insectos u otras aves…

- No, no. Que por fin creo que prefiero vivir en el mar.

- Pues entonces, tú verás.

        - Me podrías dar alguna pista más, Madre Natura.

        - No, no. Vosotros veréis.

Realmente, esto sí que les parecía molesto a todos los animales. Pero poco a poco fueron aprendiendo a elegir lo que más les convenía y hasta le cogieron gusto. Se iban dando cuenta, por ejemplo, de que, si decidían que les gustaba roer los alimentos, tenían que pedirse unos dientes planos y fuertes en la parte delantera de su boca. No podían tener unos colmillos largos y puntiagudos como los que preferían desgarrar y masticar carne, claro. Nuestra amiga la foca, en su caso, tuvo que pedirse, en lugar de unas bonitas alas con plumas y todo, unas aletas fuertes y ¡sin plumas! que le permitieran nadar en el agua del mar. Cambió su patas por una cola en forma de aleta, tomó para su cuerpo una forma redondeada de huso regordete. Pero le costó días y días de probar ojos, aletas, tipos de piel… hasta conseguir los más útiles para vivir y moverse en el mar.

Todos los animales estaban atareadísimos en estos trabajos de crear un cuerpo propio especialmente adecuado a la forma en que habían decidido vivir, alimentarse, moverse…

Entre todos ellos, la que menos claro lo tenía era la ardilla. Primero pensó que le gustaría ser un pez revoltoso y juguetón, con un cuerpecito pequeño y ágil que le permitiera moverse por todas partes. Luego se dio cuenta de que, si era pez, nunca podría subir a los árboles ni corretear por el suelo. Y eso no le gustó nada en absoluto.

Más tarde decidió que sería un pajarillo muy inteligente, capaz de volar muy alto y contemplar, desde allí, los árboles, los ríos, el mar. Quería tener unas plumas hermosísimas, largas, abundantes y de muchos colores. Entonces Madre Natura la llamó aparte y le dijo:

- ¡Ay mi ardilla presumida! ¿No te das cuenta de que, si quieres volar muy alto no puedes tener un plumaje largo y abundante? Mira el águila, que ya casi tiene decidida una buena forma para su cuerpo: unas plumas fuertes, no demasiado largas. Ayer me dijo que está pensando en que sean de colores no muy vistosos, así sus presas no la localizarán hasta que ya las tenga atrapadas.

- Entonces – replicó la ardilla -, si no voy a tener muchas plumas y de colores muy bonitos, no quiero ser ave.

- Si lo que te gusta de ser ave es ver los árboles por arriba y contemplar desde allí ríos y mares, no quieras tener tantas plumas y tan bonitas. Mira lo que le ha ocurrido a al pavo real: se ha empeñado en tener un plumaje maravilloso y ahí lo tienes que casi no puede volar y se ve obligado a pasear por el suelo su enorme y preciosa cola. Además, como es tan tonto y presumido, el cerebro se le ha encogido, y por eso se ha quedado con una cabecita tan pequeña, eso sí, muy coqueta.  

Nuestra inquieta ardilla se quedó muy pensativa… durante cinco segundos: era incapaz de estar quieta ni uno más. Pero le dio tiempo para decidir que ya no sería ave, que viviría en los árboles para ver desde sus copas el cielo, las nubes y las estrellas por arriba y por abajo, el suelo, los lagos, los ríos y los peces que, silenciosos y flexibles, recorrían sus fondos sin descanso. Realmente eso es lo que más le gustaba de los peces: que apenas permanecieran quietos un instante.

Decidido aquello, comprobó que necesitaba uñas que le ayudaran a trepar a los árboles. Madre Natura se encargó de convencerla entonces de que le resultaría conveniente estar cubierta de un pelaje marrón o gris que la confundiera con el color de los árboles y del suelo. Eso la protegería de las águilas y los halcones. Debía ser, además, un pelo tupido que la abrigara de los fríos del invierno…

Nuestra amiga la ardilla iba aceptando a regañadientes estas propuestas tan razonables de Madre Natura, pero no estaba dispuesta a aceptar ni una sola sugerencia más. Así que cuando comenzó a oír “Te convendría también que la cola…” interrumpió con brusquedad a Natura y soltó casi gritando:

- La cola me la diseño yo. Y la quiero…, a ver cómo la quiero… Pues la quiero bien grande… y con el pelo más largo que por el cuerpo… y que, cuando me siente, se levante y se quede muy redondita detrás de mi cabeza. Así quedaré muy guapa ¿no?

- ¡Ay, ardilla, ardilla! Pero ¡qué presumida llegarás a ser! Sí estarás guapa, sí; pero no muy adaptada a la vida en las ramas de los árboles que tú has elegido: te irás enganchando con todas las ramas, ya verás. Por ahí dicen que tienes cabeza de chorlito y así se te quedará: pequeñita. Total, para tan poco seso…

- Y me quiero llamar Tuna. Como la Luna, que me gusta mucho, pero con T de la Tierra.

- ¿Ves? El nombre no está mal elegido: que un poco tunilla sí eres.

Y, diciendo esto, Madre Natura se fue, moviendo la cabeza con preocupación, a dar consejos a algún otro animal que estuviera en problemas.

La ardilla Tuna pronto observó que la cabeza se le hacía excesivamente pequeña y que aquella cola tan peluda le daba muchos, muchos problemas con las ramas de árboles y arbustos. Así que lo pensó mejor y decidió hacerse la cola más pequeña. Fue, sin duda, una gran idea y su cabecita creció un poco para que cupiera en ella un cerebro más inteligente: su cuerpo así era más bonito y se adaptaba mejor a la vida en los árboles.

A Madre Natura el nuevo cuerpo de ardilla le pareció muy bien y se alegró de que Tuna lo hubiera pensado mejor. Como premio, le regaló unas bonitas orejas que la hicieron parecer todavía más traviesa.

Mira, Julia, qué bonitas son, desde entonces, todas las ardillas.